Es difícil orar si no se sabe cómo hacerlo.
Pero es menester que nos ayudemos en la oración.
Lo más importante es el silencio.
Las almas de oración son almas de profundo silencio. No podemos ponernos directamente en la presencia de Dios sin obligarnos a un silencio interior y exterior.
Tenemos que acostumbrarnos por esto al silencio del espíritu, de los ojos y de la lengua.
Dios es amigo del silencio.
Tenemos que encontrar a Dios, pero a Dios no podemos encontrarlo ni en el ruido ni en la agitación.
La naturaleza - árboles, flores, hierbas - crecen en medio de un silencio profundo.
Las estrellas, la luna y el sol se mueven en silencio.
Los Apóstoles dicen: Tenemos que consagrarnos sin descanso a la oración y al misterio de la palabra.
Cuanto más recibamos en nuestra oración silenciosa, más podemos dar en nuestra vida activa.
El silencio nos da una visión nueva de las cosas.
Necesitamos ese silencio para llegar a las almas.
Lo esencial no es lo que nosotros decimos, sino lo que Dios nos dice y lo que El dice a otros por nuestro medio.
En el silencio Dios nos escucha: en el silencio habla a nuestras almas.
En el silencio nos es dado poder escuchar su voz.
El silencio interior es muy difícil, pero tenemos que esforzarnos para orar.
En ese silencio descubriremos una nueva energía y una unidad real
La unidad de nuestros pensamientos con los suyos, la unidad de nuestras oraciones con las suyas, la unidad de nuestros actos con los suyos, de nuestra vida con la suya.
Todas nuestras palabras serán inútiles si no vienen del fondo del corazón.
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